martes, 10 de enero de 2017

En la orilla no se puede divisar la inmensidad de la cuestión, la peligrosidad. Todo parece tranquilo en el borde del precipicio, el problema es qué sucede cuando nos extendemos un paso más allá, a lo desconocido, a lo que no siempre queremos conocer. Así pues, ya no todo es lo mismo. Estamos tan lejos de eso, y tan cerca. Puedo dormir tranquila mientras no suceda, mientras no me extienda. Mientras mire la vastedad expandirse, duplicarse; y yo, sin mayores preocupaciones, imperturbable, no atravieso ningún límite. Me quedo de este lado, palpitando lo que puede ser y lo que no. Si no me inquieto, no tengo por qué preocuparme. Si desespero, si me desborda la incertidumbre, la angustia; caigo. Así, me bañan delicadamente las primeras gotas de mar. Es reconfortante, es un murmullo que te acaricia la piel, que te lame el alma. Hundo mis pies en la arena y me animo a un poco más. Asaz abstraída me encuentro en mis pensamientos. Me dejo llevar por un puñado de recuerdos distorsionados, atizando el pasado que no se borra siquiera con agua. Lo importante es desechar los residuos. Buscarle una nueva cara a las cosas. Y la sal del mar, sí, obviamente se encargan de hacer lo suyo con las heridas. Por delante, cielo y mar. Atrás, no lo sé. Me pierdo, como enésimas veces me perdí en las calles solitarias por la madrugada, en los beats de algún antro a las 4 am, en la locura atronadora y en una pasión arrolladora, esa que te desangra sintiéndote cada vez más vulnerable y pequeño. Y más pequeños somos, más nos ahogamos, menos lo comprendemos. Más intentamos vanamente estirar la mano. Y a veces perdemos el control de las cosas. Y las cosas nos superan, se nos escurren de las manos. Ya no sé cuánto tiempo llevo aquí ni por qué. Pero siempre queremos más. Somos entes desbordantes de ambición, de deseo, de querer penetrar lo oscuro y lo ignoto. No nos conforma con pisotear solo el borde y admirar al horizonte. Queremos tocar el horizonte, y probar el caos. Pero cuando menos lo esperamos, la vida nos pone una trampa. Y va una ola, y otra. Y otra que se cierne con más fuerza sobre mi cuerpo. Una fuerza indómita me empieza a arrastrar contra mi voluntad. Lo que parecía un juego, se convierte en trabajo. Lo que parecía un momento de sosiego, es un momento de preocupación. Y la confusión empieza a florecer, dejando de lado a la razón. ¿Está esto realmente ocurriendo? Las olas me empiezan a tragar, cual bestia gigante a un pequeño ser vivo e insignificante. Solo atino a mirar el cielo plomizo y uniforme, que parece acercarse más y más. Me aplasta. Y nunca me sentí más sola. Ahora necesito que alguien me socorra, como mil veces antes lo necesité. Y no grito, como mil veces antes tampoco grité. Solo espero, porque aún hay tiempo. ¿Cuánto? Y espero una persona, no cualquiera. ¿Acaso le confiamos nuestra vida a una sola persona? Tan terca y obstinada puedo llegar a ser. ¿De dónde nacen las fuerzas cuando ya las creíamos perdidas? ¿Cómo podemos volver a nacer cuando ya estamos perdidos? Mis temores nunca fueron tan vivaces como en este momento. Me hundo, voy encontrándome cara a cara con ese horizonte que creía tan remoto. Me expongo a lo inevitable. Me entrego, porque no conozco otra alternativa. Porque finalmente pierdo la esperanza, o porque realmente nunca la encontré. Y me estoy quedando sin tiempo, que es lo único que tenía. Pero cuando ya todo parece perdido, percibo una figura acercarse. Descubrirla me turba, y me deja pasmada. No es quien esperaba. Y me decepciona verme a mí misma, convertida en otra, acercándose hacia mí. Mi fiel reflejo. Me entumece el corazón comprender esta situación. Ella, que no es más que yo, avanza ávidamente por el agua, sin mayores problemas. Me siento un objeto de burla, y traicionada. Ella, que no es más que yo, tiene los ojos vidriosos, y el semblante despreocupado. Me repela verla así, tan serena, mientras yo me debato entre el más acá y el más allá. Incluso la veo más joven, de lo que realmente soy; y posiblemente, ésto me repele más. Es una criatura repulsiva, que nunca llegué a comprender realmente. No la quiero acá, y sin embargo, es la única que me puede salvar. “¡Sos vos!” atino a decir (si es que realmente palabras salen de mi boca). “Nos vamos a salvar, ¿no?” pregunto. “No”, me responde categóricamente mi figura duplicada. Me sobrecoge una explosión de desazón, porque, cierto es, yo no me quiero morir. Y cierto es, yo nunca hice nada por mí, ¿por qué esperar algo diferente de ella? Si tan solo pudiera persuadirla de que haga algo, que por lo menos lo intente, pero estamos las dos tan perdidas, tan distantes entre sí. Ella, con algunos años menos que yo, también está decepcionada de mí. Lo leo en su rostro. Yo, que la creía olvidada, su presencia me arrolla con ímpetu y me doblega a los recuerdos. Me urge la disonante necesidad de tocarla y decirle que lamento haberle fallado. También, quiero cobijarme bajo ella. Merezco su lástima, su pena, su desdén. Merezco lo que tengo porque lo busqué. Pero ella no merece esto. Ella rezuma sueños por los ojos, entiende poco de la vida pero precisa enlodarse en su tempestuosa magnitud. Sin pensarlo, me aferré a su mano, y me sentí en paz por primera vez en mi vida (curiosamente en el final de la vida misma).
Y mi cuerpo entero cedió a las olas.